Nuestros ídolos

Muchos, muchos años después, conocimos a uno de los compositores de algunas de las canciones de nuestra juventud. Entonces, había desaparecido como un fantasma dejando tras sí solo aquellas letras y melodías plagadas de sugerentes imágenes que invitaban a cerrar los ojos e imaginar el universo de aquel autor que entonces considerábamos un talento incomprendido. Un día, hace muchos, muchos años, simplemente se volatilizó. Se esfumó. Y durante todo ese tiempo nos preguntamos qué sería de él, qué estaría haciendo, a veces incluso indagamos lamentando la pérdida de su creatividad.
Así que, tras tanto tiempo, conocerlo personalmente supuso una enorme alegría. Pero, ¡ay!, quien reapareció no era un fantasma ya sino un hombre. Un hombre que no solo era el reflejo un poco envejecido de aquel chaval que había sido, sino que tenía opiniones más allá del universo hermoso que entonces supo crear. Opiniones que nos lo revelaban como alguien con un talante más bien reaccionario, de estos que ejercen la crítica selectiva y que rompen solo su silencio para criticar únicamente las posibles faltas de aquellos que combaten el sistema pero que callan con estrépito frente al escándalo diario del poder. Estas críticas, además, eran más bien toscas, propias de ese sentido común retrógrado del “todos son iguales” que ahora se llama “cuñadismo” y, peor aún, destilaban un rancio aroma antifeminista. Como siempre, también aquí los silencios eran elocuentes. Silencio ante las violaciones, indignación ante los “excesos” del “feminismo radical”. Pero lo sorprendente no era tanto su conservadurismo como la pobreza argumental que exhibía. Nada quedaba de aquella sensibilidad que se atisbaba tras aquellas canciones hermosas. Nos habíamos imaginado a una persona con una conversación luminosa y una inteligencia penetrante y nos encontramos a otra obsesionada fanáticamente con la unidad de España y el odio a Cataluña.
Y es entonces cuando sobrevuela de algún modo la sombra de la decepción. Cuando nos sentimos casi traicionados. Sin embargo creo que es muy injusto. En aquel tiempo, hace tantos años, no admirábamos su pensamiento que desconocíamos, sino aquellas preciosas imágenes, aquel espacio único que creó. Fuimos nosotros los que lo imaginamos de un modo que no era. Y, al cabo, él era el que era. O quizá se convirtió en el que es. Nosotros no queríamos escuchar de él sus simplezas sobre la unidad de España sino cotilleos de aquel disco, del guitarrista, de aquel concierto o de aquella gira. Queríamos que no fuese una persona, con sus ideas y sus preocupaciones, sean las que sean, sino un personaje, una fotografía ajada de sí, un recitador de batallitas con gracia. Queríamos que fuese el de hace 30 años pero solo en el espacio acrítico de la cháchara nocturna del rock and roll. El resto estorbaba. Los músicos con oficio saben esto. No exponen nunca sus ideas sobre nada –si es que las tienen- y cuando compadreas con ellos en la madrugada solo cuentan, una y otra vez, sus confidencias de managers y actuaciones. Saben que, al cabo, eso es lo único que queremos de verdad.
Nos acercamos a las personas cuyo trabajo artístico admiramos queriendo conocerlos, pensando que serán nuestros amigos, seres humanos inspiradores con virtudes inagotables. Pensando que esas canciones que compusieron no son más que la punta del iceberg de una personalidad oculta plena de tesoros que anhelamos conocer. Más casi siempre es al revés, y son esas canciones hermosas los efímeros destellos de personalidades anodinas, egoístas, exhibicionistas o infantilizadas. No todos son así, claro, y este tampoco era exactamente el caso. El compositor, pese a esas opiniones con las que divergíamos, nos parecía una buena persona. Un tipo alejado de los oropeles, un tipo sinceramente comprometido con la creación y la música, pero predispuesto a irritarse con esa rabia latente de los “apolíticos que no se meten en política” y que suele resultar, curiosamente, muy virulenta y terminante cuando surgen temas políticos. Amigos de esos apolíticos, son los que más fácilmente pierde uno cuando es político.
Siempre que suceden estos episodios surge la tentación de cuestionar aquellas canciones que amamos. Surge la sospecha de si aquellas imágenes que podían significar tantas cosas no eran fruto de la capacidad de narrar sino, al contrario, de la incapacidad de articular un discurso coherente. Sin embargo yo creo que todo forma parte del mismo equívoco. El de pensar que la sensibilidad, la belleza o la inteligencia, son los regalos que nos hacen unas personas a las que estos bienes les sobran. A veces incluso pensamos que tal o cual malgastaron su talento, como si este fuese un pozo sin fondo del que solo podían salir prodigios incesantemente. Y no es así. Todo aquello susceptible de admirar es siempre la excepción. Llamaradas efímeras, breves instantes de conjunción que quizá no se repitan en una vida entera. De hecho, si los artistas fuesen genios con acceso cotidiano a la genialidad, no merecerían admiración alguna. Al fin y al cabo, ¿qué mérito habría en ello? Pero no lo son, son seres humanos imperfectos, insignificantes, triviales, anodinos, como todos nosotros. Sin embargo, de vez en cuando, muy de vez en cuando, muy, muy, muy de vez en cuando, esos seres humanos son capaces de crear algo hermoso. Por eso tiene valor.

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